Estoy viviendo unos días muy distintos. Algo que nunca me pasó antes. Aislamiento.

Al principio me quejé mucho. No puedo frenar mi rutina de un día al otro, tengo muchas cosas para hacer, muchas responsabilidades, programas, juntadas con mis amigos, salidas… Un montón de cosas. Un día más en esta cuarentena que me tiene encerrado en casa. Solo voy una semana y se me está haciendo un poco pesado esto. Es una experiencia nueva para mí, y creo que también para todo el resto de la gente. No me acuerdo de alguna vez que haya tenido prohibido salir, que me manden a quedarme encerrado.

Normalmente vivo a las corridas, sin tiempo para muchas cosas, siempre tengo algo más importante que hacer. Le doy poca importancia y tiempo a todo lo que no sea lo que tengo que hacer o lo que tenga que solucionar en este momento. En mi rutina y mi día a día normal tengo muchas cosas por la que preocuparme: organizar un programa con mis amigos, estudiar para algún examen del colegio, qué cosa nueva me voy a comprar esa semana, el resultado del partido de fútbol de ese fin de semana y muchas cosas más. No tengo tiempo para pensar en mis sentimientos, lo que pienso o mi fe.

Vivo tan apurado que me pasan por al lado miles de cosas que ni me doy cuenta. Todo parece ser urgente e importante en los tiempos de hoy. No tengo tanto tiempo para compartir todo lo que vivo, para llamar a un amigo con el que no hablo desde hace meses. No tengo tanto tiempo para escuchar, para explicarle a mi compañero del colegio lo que no entendió. No hay tiempo para lo esencial. 

¿Realmente no tenemos tanto tiempo? No lo sé, pero hoy, te aseguro que lo que nos sobra es tiempo. Te invito a que te concentres en este momento. A que te sientes tranquilo y sigas leyendo.

Pensá cuándo fue la última vez que te sentaste a hablar con alguien sin mirar la hora o los mensajes de WhatsApp… ¿O cuándo dejaste de hacer algo que tenías planeado por hacer algo que parece ser “una pérdida de tiempo”?

En estos días de “soledad” te invito a dar un paso en tu vida personal y en tu crecimiento interior. Te invito a que sientas en la piel la capacidad de asombro y de agradecimiento. Hoy tenés la capacidad de asombrarte de los que tenés a tu lado, tu familia, tus amigos, tus actividades. Hoy precisamente no están presentes físicamente, pero esto nos hace dar cuenta cuánto lo valoramos y lo necesitamos

Hoy más que nunca entendemos que “nos damos cuenta del valor de algo cuando no lo tenemos”. Estoy seguro de que extrañás mucho a tus amigos, a tu novio/a, a algún familiar, a tus abuelos…. Son días de mucho aprender. Aprendamos a valorar lo que tenemos todos los días y que por nuestro apuro no nos damos cuenta de que está siempre ahí. Valoremos nuestros vínculos, nuestros amigos, los abrazos y los mates compartidos, las risas y por sobre todo, nuestras familias.

Tenemos el regalo enorme de que en nuestra fe, Jesús nos acompaña en todo momento y podemos acudir y charlar con Él siempre. Hagamos a Jesús parte de nuestra cuarentena. Aprovechemos estos días con tiempo y tranquilidad para reforzar nuestro vínculo con Él…¿Cómo? Charlando, como lo hacés con tus amigos, llamando a tus abuelos, ayudando en tu casa, levantarte con una sonrisa y agradecer por el día, agradecer por estar sanos. Asombrarte de la profundidad del encuentro con Jesús cuando rezamos en el medio de este silencio y soledad.

No sé con quién estarás pasando esta cuarentena, pero te invito a que veas el corazón de cada uno de ellos, ¿Cuáles son las cosas de aquellas personas que iluminan tu día? ¿Qué cosas ofrecés vos para iluminarles su día? Y mismo con las personas que no tenés al lado tuyo hoy. Animate y agradeceles por su tiempo, su cariño y por acompañarte en el correr de la rutina. 

Valoremos lo que el correr de la rutina no nos deja ver.